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Leopoldo López Leopoldo López
Que parezca un accidente

Manuel de Lorenzo

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La vaca Polesa

HAY ALGO en la provincia de Lugo que lo convierte en un lugar enigmático y cautivador. Algo en sus profundos bosques, misteriosos e inciertos, que parecen ocultar en su espesura un sinfín de leyendas y magias antiguas. Algo en sus praderas, que son un mar de llanuras verdes, frescas y desnudas. Algo en sus inmensas montañas y sus impetuosos ríos. Algo en su costa y en el rumor secreto de sus pueblos pesqueros. Y algo en los relatos que, entre lo real y lo imaginario, recorren incansables sus caminos, otorgándole a su historia un carácter fantástico y peculiar.

El mes pasado llegó a mis oídos la crónica de un curioso hecho sucedido en una aldea de Lugo hace ya algunas décadas. Como todas las mañanas, la pequeña escuela del pueblo abría sus puertas a primera hora y se iba llenando poco a poco de risas, caras somnolientas y ruido de sillas. A medida que el día se iba desperezando, los alumnos escuchaban la lección, salían a la pizarra, regresaban a sus pupitres y realizaban las demás tareas académicas. Lo habitual en cualquier escuela.

Un buen día, el profesor se dio cuenta de que uno de los niños estaba especialmente alterado. Desde que llegó se estaba comportando de un modo impredecible, hablando sin cesar, actuando caóticamente y moviéndose por impulsos. No parecían importarle las reprimendas ni atendía a razones. Pasadas unas horas, sin embargo, al alcanzar la mitad de la mañana, el pobre se quedó profundamente dormido. Como si hubiese sido desenchufado.


La leche de Polesa era la misma con la que se preparaba el desayuno del niño, que se marchaba a clase más contento que unas castañuelas


La escena se repitió en los días siguientes y el profesor intuyó que al niño le estaban dando alcohol durante el desayuno, por lo que decidió acudir a casa de sus padres para comentar lo ocurrido en su clase y averiguar qué estaba pasando. Contra todo pronóstico, no encontró nada que le pudiese llevar a sospechar de los padres del crío, que se quedaron absolutamente pasmados cuando escucharon la descripción que el profesor hacía de su conducta en la escuela.

Dejaron pasar algunos días por si se trataba de una fase extraña que el muchacho pudiese estar atravesando, pero la excitación descontrolada seguida de un sopor irresistible no disminuyó. La situación seguía siendo exactamente la misma. El profesor decidió poner entonces el caso en conocimiento de las autoridades, que acudieron al colegio una mañana sin previo aviso y, tras realizar los correspondientes análisis al niño, descubrieron una pequeña pero intolerable concentración de alcohol en su sangre.

Procedieron entonces a interrogar a los padres, que afirmaron con rotundidad no haber proporcionado bebida alcohólica alguna al niño jamás. Realizaron investigaciones en los cubiertos y utensilios que utilizaba el crío para desayunar, pero no hallaron nada. De ninguna de las inspecciones realizadas en el pueblo se desprendieron indicios que sugiriesen que el chaval podría haber sido intoxicado. Nadie sabía de dónde diablos había salido el alcohol ni cómo había ido a parar al organismo del niño.

Hasta que uno de los investigadores cayó en la cuenta. La familia vivía en la típica casa de aldea, donde la planta superior solía constituir la vivienda y la planta baja se utilizaba para guardar el ganado, aprovechándose así el calor corporal de las reses para calentar todo el domicilio. En una de las esquinas de la cuadra había varias barricas de madera en las que se guardaba para todo el año el aguardiente destilado después de la vendimia, con tan mala suerte de que el grifo de una de ellas perdía. No goteaba demasiado, pero lo hacía. Una cantidad suficiente para que todas las mañanas, antes de ser ordeñada, se corriese una buena juerga una de las vacas de la familia, llamada Polesa.

La leche de Polesa era la misma con la que, minutos después, se preparaba el desayuno del niño, que se marchaba a clase más contento que unas castañuelas, aunque, de allí a unas horas, a medida que iba desapareciendo el efecto del alcohol, el pobre caía desvanecido sobre su pupitre durmiendo profundamente la mona.

Nadie podría haberlo imaginado. Ni las autoridades, ni el profesor, ni tampoco los padres, que se sorprendieron tanto como los demás y lamentaron en el alma el accidente, procediendo de inmediato a separar los toneles de aguardiente del lugar donde se encontraba el ganado y adoptando el resto de medidas y precauciones correspondientes. Todo quedó, por fortuna, en una curiosa anécdota.

Llama la atención, no obstante, que nadie en la casa se diese cuenta de cuál era la causa del extraño comportamiento del niño, habida cuenta de que con la leche de Polesa no sólo desayunaba él, sino también el resto de su familia. De hecho, el padre se dedicaba a vender en el mercado del pueblo la leche que producían sus vacas todas las mañanas, y la de Polesa era tan apreciada por el conjunto de sus vecinos que era la primera que se agotaba. A todo el mundo le ponía contento la leche de Polesa. Todo el mundo percibía en ella un gusto especial, parecido al de la felicidad.

Nadie en el pueblo abrió la boca, sin embargo, cuando los inspectores aparecieron por allí el primer día y se pusieron a preguntar.

"Eso no fueron más que cosas de críos", todavía cuentan algunos frunciendo el ceño. Y el relato, entre lo real y lo imaginario, se detiene un ratito en el margen del camino. Para quien lo quiera recuperar.

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