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foto Jeremy Meeks
Ciudad de Dios

Rafa Cabeleira

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La curandera

Para bajar la fiebre preparaba Adelina un jarabe delicioso. Dicen que extraía la parte carnosa escondida bajo la corteza de los limoneros jóvenes, siempre con la ayuda de un rudimentario bisturí que ella misma había construido uniendo una cuchilla de afeitar y el mango de un viejo cepillo para el pelo. Hervía una gran cantidad de esta pulpa a fuego lento y luego añadía unas cuantas gotas de aceite de oliva y cuatro dedos de aguardiente, preferiblemente tostada, aunque con una de hierbas o caña blanca también surtía efecto la poción.

Con las hojas recién arrancadas de cuatro lirios y la piel abandonada de una culebra, a las que todo el mundo llamaba camisiñas de serpe, componía otra combinación que combatía los catarros con una eficacia casi germana. El tratamiento se dividía en tres partes: el jarabe de flores, el jarabe de escamas y unos cataplasmas de harina y linaza que se aplicaba sobre el pecho del enfermo por las noches.

Para preparar la primera de las pócimas, que debía tomarse en ayunas, Adelina cocía los pétalos triturados con azúcar moreno y luego lo dejaba reposar en la misma olla al lado de la ventana. Una vez enfriado, añadía anís a su propio gusto así que, por lo general, solía tener un sabor demasiado dulzón. Recuerdo que era un jarabe basto, difícil de aposentar en estómagos delicados, y yo solía vomitarlo sin que mi abuela se diera cuenta. Para el segundo jarabe hervía la piel abandonada de las culebras en leche de oveja hasta que sus escamas soltaban una grasa dorada que Adelina colaba con ayuda de un paño grueso. Este sebo lo dejaba reposar en ron blanco y a los tres o cuatro días de macerado ya estaba listo para tomarse por las noches en una amplia cucharada sopera, nunca menos de cinco o seis días si uno quería arrancar hasta la última flema del pecho.


Recuerdo también que a su botica acudían gentes de los lugares más insospechados


Para las lombrices, que era otro mal común en aquellos tiempos, aconsejaba tres tomas diarias de un jarabe que fabricaba con aguardiente de hierbas, ruda, unas gotas de naranja verde y unas gotas de aceite y vinagre. Además, envolvía unas cuantas ramas de ruda en un papel de periódico y ordenaba a la madre de la criatura freírlas en aceite, a alta temperatura, envolverlas en una toalla y colocar dicho paño sobre el vientre afectado para adormecer y debilitar a los parásitos.

Recuerdo también que a su botica acudían gentes de los lugares más insospechados, algunos embutidos en ropas caras y montados en grandes coches, casi siempre con la cara palidecida por el sufrimiento prolongado y un gesto evidente de última esperanza. Pasaba consulta todas las tardes, de lunes a sábado, desde que se levantaba de la siesta hasta que las campanas de la iglesia anunciaban la misa diaria.

La mayoría acudían en busca de alivio, otros se presentaban frente a su puerta exigiendo un remedio y entonces era cuando Adelina se ponía muy seria y advertía de que ella no era nin médico nin bruxa. A mí siempre me pareció aquello un signo de modestia maravilloso pues enseguida perdí la cuenta de los niños que cruzaban el umbral de aquella puerta con la muerte de la mano para salir colorados y sonrientes, dispuestos a enrolarse como voluntarios en la marina. Casi todos padecían idénticos males. Con solo mirarlos de cerca y oler su aliento les diagnosticaba algún aire dañino de reptil, lombrices, erisipela, tétano e incluso el alma de algún difunto cercano y vengativo circulando por la sangre de la criatura.

Los aires constituían su mayor preocupación, consciente de que una simple sabandija podía enfermar a un niño hasta quitarle la vida si no lograba expulsar las toxinas absorbidas a través de la piel. A los acosados por los muertos los llevaba a la huerta de Darío que tenía un ciruelo hermoso y milagrero, al parecer. Cogía al muchacho por debajo de las axilas y lo arrastraba de espaldas alrededor del árbol cuatro veces, ni una más ni una menos. Luego cortaba un pequeño brote y se lo entregaba a la madre para que lo ofreciese a algún santo de su devoción.

Si el ciruelo se secaba, o no daba fruto en la siguiente primavera, el muchacho moriría a la primera recaída. Aquel árbol sobrevivió a la propia Adelina, por suerte, y si uno pasa hoy día por Campelo todavía puede acercarse a verlo, tan sano y orgulloso como cuando de pequeños le desvalijábamos toda la fruta. Recuerdo que el día del entierro de Adelina, de vuelta del cementerio, la gente del pueblo se dirigió hacia la huerta de Darío antes de regresar a sus casas, supongo que a comprobar que la pena por la curandera no hubiese secado el árbol poniendo en peligro a varias generaciones.

De su pequeña botica, situada en un pequeño sótano donde anteriormente se criaban conejos y ahora se vende calzado, tan solo queda el recuerdo de aquellas estanterías de madera atestadas de licores, botes de conservas reciclados y tarros de cristal. En ellos guardaba la vieja toda su sabiduría: raíces, tallos, pétalos, barbas de capuchino y otros musgos valiosísimos para aliviar varios males... También se mantiene el eco de sus canciones, si uno presta la sufi ciente atención, y es que lejos de la meiga mal encarada que muchos podrían imaginar, Adelina era dulce y cantarina.

Nunca se casó, vivió y murió sola. Su único amor fue una francesa morena que conoció en un baile del Vergel de Marín. Cuentan los más viejos del pueblo que escaparon un tiempo a París, a quererse tranquilas, y que Adelina regresó meses más tarde con el corazón roto y malas costumbres que poco a poco le fueron minando el hígado. Todavía viviría muchos años tras aquello pero duele pensar que ella, que nos curó a todos, nunca fue capaz de curarse a sí misma.

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