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Juan Tallón

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Montones de cocaína

DAVID CARR se desplomó en mitad de la redacción de The New York Times hace dos años, a las nueve de la noche. Murió cuando la ambulancia llegó al hospital Roosevelt. Tenía 58 años. Había superado el alcoholismo y su adicción a las drogas, y dejado atrás un cáncer de pulmón. En ese momento, cuando se derrumbó cerca de su mesa, era una celebridad del periodismo. The New York Times lo había contratado en 2002 pese a un pasado oscuro, lleno de caídas y despidos. Escribía reportajes y columnas sobre medios de comunicación. En el obituario que le dedicó su propio diario, el presidente del periódico, Arthur Sulzberger Jr., señalaba que Carr había sido "uno de los periodistas más talentosos" que hubiesen trabajado en aquella redacción, de la que era un líder.

En 2008 publicó La noche de la pistola, editado ahora en Espa- ña por Libros del KO. Son menos unas memorias que un reportaje sobre su descenso a los infiernos. Carr investiga y narra sin callar detalles. No se conformó con sus recuerdos, y ahondó en los peores años de su vida a través de cientos de entrevistas, expedientes médicos, documentos legales, diarios e informaciones publicadas. Cuando llegó al final del libro, donde emerge como un hombre rehecho, admitió que "hoy tengo una vida que no me merezco, pero todos pisamos esta tierra con la sensación de que somos un fraude".

En el comienzo, el redactor jefe de la revista de negocios de Mineápolis en la que estaba a prueba, lo convocó a su despacho y le explicó q u e podía levantarse, acudir a tratamiento y conser var su trabajo, o negarse y ser despedido. Necesitaba una respuesta. Era 1987, y la tarde anterior, durante el día de San Patricio, Carr honró a sus antepasados irlandeses dejando "mi jornada laboral a medias para celebrar mi legado genético con cerveza verde y whisky Jameson. Y cocaína. Montones y montones de cocaí- na". Prefirió que lo despidiesen. Le gustaba el periodismo, pero entregarse a la coca, a emborracharse y a hacer el tonto parecía también en esa época "formar parte de mi trabajo". Tomó su despido como una liberación y salió a celebrarlo con su amigo Donald. Cuando le contó que lo habían echado, este supo encontrar las palabras que lo animasen: "Que se jodan". Y comenzaron a meterse rayas.

Carr rescata una discusión con Donald a cuenta de una pelea en un local del que fueron expulsados

La noche se precipitó. Carr rescata una discusión con Donald a cuenta de una pelea en un local del que fueron expulsados. En un momento dado, el periodista arrojó contra el capó del coche a su amigo, que decidió irse a casa y dejarlo solo, con 34 centavos en el bolsillo. Poco después, recibió una llamada telefónica. Era Carr. "Voy para allá". Donald le pidió que no fuese. Si lo hacía, lo estaría esperando con una pistola. "¿Ah, sí? Pues ahora sí que voy", advirtió Carr, que al llegar intentó derribar la puerta a patadas. Al fin salió Donald, "fiel a su palabra, con una pistola en la mano". Le anunció que iba a llamar a la policía. "¡Vale, llámalos, hijo de puta! ¡Llámalos! ¡Llama a los malditos polis!", dijo Carr, que al escuchar las sirenas optó por irse a su casa.

Aquel fue uno de sus peores días, pero no el peor de todos. Faltaba todavía un año para que su vida, casado con una mujer que traficaba con droga y padre de gemelas nacidas hacía poco, tocase fondo de verdad. Eso ocurrió la tarde que salió en busca de droga para chutarse. No quería abandonar a las hijas en casa, aunque tampoco quedarse y dejar de drogarse, así que se las llevó. Las dejó dentro del coche pensando que tardaría diez minutos. "Seguro que Dios las cuidaría mientras yo no lo hacía", cuenta en el libro, y se adentró en la casa del camello, de la que solo salió varias horas después, chutado. Dios había cuidado de las ni- ñas, al parecer, pues respiraban, "pero en ese instante, decidí no volver a ser ese hombre".

Cuando pasaron casi veinte años, en 2006, y era ya una estrella de The New York Times, Carr volvió a encontrarse con Donald. Le habló de la noche de la pistola. Donald recordaba los hechos como él se los relató, salvo en lo tocante a la pistola. "Nunca he tenido un arma. Quizás eras tú quien la tenía". El libro trata justamente de dilucidar quién portaba la pistola.

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