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Un año más, el presidente elige la provincia de Pontevedra para disfrutar de unos días de descanso

Sudar y sudar

DESPUÉS DE varios meses coqueteando con la obesidad mórbida y el infarto de miocardio por fin he puesto en marcha mi cuerpo, colegas. He rescatado unos viejos tenis que languidecían en un armario y me he dejado un buen pico en el resto de útiles apropiados para la actividad física, desde calcetines deportivos y pantalones cortos hasta unas camisetas de tejidos transpirables y apellidos futuristas, unas prendas tan sofisticadas que es ponérselas y ambicionar la conquista de Saturno. Con todo ello, y un poco de música que me endulce la agonía, salgo cada tarde a desperdigar sudores y bufidos por esos caminos de Dios, un runner de baja intensidad, pues lo de correr sigue pareciéndome oficio de cobardes. Pese a los comentarios punzantes de otros deportistas domésticos que me observan por encima del hombro mientras me adelantan a toda pastilla, yo prefiero limitarme a caminar deprisa, como Mariano Rajoy, confiado en que mi futuro podría estar, por qué no, en la mismísima Moncloa: si algo he aprendido del presidente del Gobierno es que los grandes objetivos se alcanzan al tranco, casi sin buscarlos.

Para ser sincero, diré que las verdaderas razones de semejante giro vital tienen su origen en mi vanidad más que en la salud. Desde hace unos meses evitaba los espejos de casa como un vampiro que no quiere aceptar su naturaleza pero en versión rolliza, como si solo se alimentara de sangre de pasteleros. Además, cada mañana me violentaba frente al ropero al comprobar que mi extenso vestuario había quedado reducido a un puñado escaso de prendas, apenas un pantalón, una camisa y tres camisetas oscuras, tamaño XL. Yo, que durante tiempo fui envidia de yonkis y bulímicos, me había convertido en un mamotreto del tamaño del Guernica, una afrenta a mis orígenes escuálidos y una ofensa para los gordos con carné, personas decentes de grasas documentadas y bien trabajadas desde edades muy tempranas.

El caso es que, como les decía, cada tarde pongo rumbo a esos senderos humanizados por el alcalde Lores y que antaño se conocían, despectivamente, como rutas del colesterol. En aquellos tiempos, cuando mis novias todavía alcanzaban a entretenerse contándome las costillas, solía imaginar que estos paseos comunales eran una especie de Mordor provincial, un espectáculo dantesco donde mujeres con permanente y señores con gafas paseaban su indignidad en chándales del Carrefour y zapatillas de esparto. Sin embargo, como casi siempre en la vida, por otra parte, me equivocaba. A día de hoy, al menos, entornos como el de A Xunqueira y Alba se han convertido en auténticos locales de moda, verdaderos parajes mainstream por los que desfila lo más granado y elegante de nuestra sociedad luciendo sus mejores galas de sport. Tan refinada es la estampa que dan ganas de salir a caminar, incluso correr, con smoking, zapatos italianos y varios millones de euros en joyas sencillas.

Como en todos los lugares que albergan una cierta actividad, también en estos polideportivos al aire libre se concentra la habitual pandilla de señores mayores que lo observan todo con ojos de lechuza, atentos a cualquier anomalía. Se les intuye jubilados, de algunos cabe pensar que incluso han coqueteado con la muerte y disfrutaron del momento, pues ahora aparentan un cierto agobio. Me recuerdan a aquel periodista y dramaturgo italiano, Renato Simoni, el cual, tras ser dado por muerto al desplomarse durante una representación teatral, resucitó milagrosamente y muy a su pesar, así que los años de vida que le quedaron por delante los pasó lamentándose de aquella primera muerte extraviada: "¡Qué bella era!", decía. "¡Ya no volverá a tocarme morir así!".

Además de la Panda Arrugas, que es como los he bautizado en homenaje al cómic de Paco Roca, también son habituales de este mi nuevo paisaje los clanes de madres con sus respectivas cuadrillas de cachorros corriendo y gritando a su alrededor. A veces, al pasar junto a ellas y aprovechando que mi ritmo de zancada es más bien lento, por no decir cansino, agudizo el oído y me entero de que una está dejando de fumar o de que la otra no es capaz de dormir sin la ayuda de poderosos somníferos. "Ya no me afecta ni el Orfidal", presumía una ante el pasmo de sus compañeras que, cotorras, interrumpían su lastimero monólogo alegando que ellas también necesitan del apoyo químico de la Dormidina en algunas ocasiones. "Bah, Dormidina… Eso se lo doy yo a las niñas cuando se ponen muy pesadas", sentenció la noctámbula antes de quitarse las gafas de sol y gritarle a su hijo que no se tiran piedras a los patos.

Junto a la Panda Arrugas y el Clan de los Desvelos se mueven los animalistas. Por lo general, son seres solitarios que pasean mascotas de espectro diverso, generalmente perros, pero también he visto caballos, cerdos vietnamitas, gatos con correa y hasta un mono tití, algo que yo creía imposible por ley pero ya se sabe que para todo hay trampa. Mi favorito es un chico joven, de unos veinte años, siempre montado en una bici medio oxidada y escoltado por dos perros: un pitbull que parece sonreírte cuando te los cruzas y una especie de pekinés que debe ser bastante violento pues corretea limitado por un aparatoso bozal, todo un mazazo para los que hablan de razas peligrosas y otras estupideces semejantes.

Una semana llevo ya adentrándome en ese mundo desconocido del deporte y ya he perdido cuatro kilos, lo que no está nada mal. A este ritmo es muy posible que el próximo verano vuelvan a parar a mi madre por la calle, como antaño, para decirle que parezco un drogadicto: nada la haría más feliz, qué duda cabe. De momento, la pobre se contenta con saber que, al menos, lo estoy intentando, lo que nunca es suficiente pero sí un buen comienzo. Esto no quiere decir que, en unas semanas, quizás días, sufra una recaída en mis malas costumbres y regrese al sofá y a las Ruffles al jamón en vena, mi hábitat natural. Hasta entonces, la industria del engorde tendrá que apañárselas sin mi ayuda, mal que me pese provocar este tipo de tensiones en los mercados: me ha costado mucho, pero por fin me estoy convirtiendo en un auténtico gilipollas.

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