de actualidad
foto Ignacio González
►ANTONIO COSTA 
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Ivo Andric, aprender del agua

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SUBÍ AL castillo de Travnik bordeando la Torre del Reloj espigada, atravesé un puente sobre un torrente salvaje. En una pared leí esta pintada : "Jamás olvidaremos Srebrenica". Pensé: más vale que olviden las atrocidades unos y otros, que superen las carnicerías de los años noventa, es el único camino, y curiosamente algunas personas en países lejanos empiezan a definirse como yugoslavos, y sienten afinidad entre ellos. El castillo era muy grande, vi desde los miradores la ciudad sembrada de minaretes e iglesias cristianas después de tanta tragedia.


Volví a bajar, me senté en el café Cónsul y me acordé de la novela de Andric Crónicas de Travnik. Recordé cómo los visires turcos, en aquella Travnik que era la frontera del Imperio Otomano, recibían con opulencia a los cónsules de Austria y de Francia. Cómo los mercaderes charlaban sobre la indestructible Sublime Puerta en las cafeterías junto a los manantiales del Agua Azul, que todavía ahora tienen terrazas bajo los sauces. Todavía ahora brotan los manantiales vibrantes, habría que aprender del agua.

En la casa donde estaba el cónsul de Austria está ahora el café Cónsul. Hay una mansión cubierta de hiedra, una terraza con mesas bajo los árboles, un pabellón de madera abierto a los vientos. Recordé como el joven bosnio Salko espiaba a la hija del cónsul austriaco desde lo alto del muro. Y se caía y luego le echaban la bronca en la barbería donde trabajaba. Cómo la mujer del cónsul de Austria se enamoraba de un joven diplomático de Francia, pero el cónsul sabía que su mujer perdería el interés en cuanto el francés intentara tocarla, que solo quería soñar un poco.

Entré en la casa donde nació Ivo Andric. Se afirmaba en la calle con cuerpos salientes y tejadillos, mostraba un estilo alpino, a través de un portalón ofrecía un patio donde se había instalado un restaurante prestigioso. Subí unas escaleras y llegué a las habitaciones llenas de recuerdos. Miré visionario sus manuscritos, sus cartas, tantas ediciones de sus libros, recintos al estilo montañés de los Balcanes, visillos para atemperar las brutalidades del mundo.

Di vueltas por la ciudad con desniveles extraños, con calles que cabalgan unas sobre otras, con fuentes otomanas llenas de sueños de agua. Miré una mezquita multicolor rodeada por los soportales de un mercado legendario, galerías de maderas oscuras, casas de muñecas que invadían la calle, balcones perdidos detrás de los sauces. Admiré mansiones olvidadas, una mezquita ligera de pabellones verdes. En un jardincillo vi a Ivo Andric leyendo un libro de piedra, soñando que era posible compartir montañas y mares en un solo país en los Balcanes.

Dijo Mesa Selimovic: "El hombre no es un árbol y las ataduras constituyen su mayor infortunio". Pero los hombres prefieren las ataduras y los encierros y las "identidades asesinas" de que habla Amin Maalouf. Andric lo vio muy pronto, en Una carta del año 1920, incluida en Café Titanic: latían en Bosnia odios solapados que estallarían de modo terrible algún día. Igual que en La señorita una dama burguesa prefiere vivir sin salir de su casa llena de miedos y prejuicios y acaba muriendo víctima de su propio miedo.

Andric soñó en muchos libros con un país de tolerancia donde convivieran serbios, croatas, musulmanes, judíos, gitanos. Al final acabó aceptándose una Bosnia multicultural, aunque segregada en distintos territorios. ¿Entonces por qué no se quiso una Yugoslavia multicultural? No interesaba una Yugoslavia fuerte, había que balcanizar los Balcanes. En Bosnia ahora conviven difícilmente varias comunidades en un estado federal, es como una Yugoslavia en pequeño.

Entré al anochecer en el puente que inspiró Un puente sobre el Drina, en Visegrad. Eso es ahora la frontera con Serbia, pero era antes el corazón de Yugoslavia. El sultán había hecho ese puente a sangre y fuego a fines de la Edad Media para dominar mejor su imperio, pero después era un símbolo de entendimiento. Escuchaba a jóvenes que bailaban y tocaban la guitarra, Consuelo se puso a bailar con ellos. Miraba la casa donde estuvo el hotel de la tía Lote, la judía polaca que con su tenacidad vitalista sostiene a todo el mundo hasta que se derrumba totalmente. Miraba el puente que en la novela ve conversaciones y asaltos, ve tertulias y discusiones, ve predicaciones de locos y amores extraños. Me acordaba de la joven Fata que se tira al río para escapar de la tiranía de su padre, después de sentir su cuerpo desnudo en la noche. El agua libera, habría que aprender del agua.

Ese puente, pensé, simbolizaba todos los puentes que había en Yugoslavia, todos los puentes que se rompieron. También hay un Museo de las Relaciones Rotas, en Zagreb, con testimonios de todo el mundo de relaciones amorosas que se rompieron. Pero no había ninguno de las relaciones rotas entre los territorios de Yugoslavia. Pero también el puente simboliza el vivir sobre el agua, igual que los trenes eran puentes que llevaban a todos los yugoslavos al mar. Ya muchas personas del mundo entero, que se sienten separados allí, se sienten yugoslavos cuando están lejos.

Al otro extremo de Visegrad, Emir Kusturica levantó Andricgrad, un pueblo de piedra con el nombre de Ivo Andric para evocar el mundo de la novela. Y allí piensa desde hace años rodar la película basada en ella. Kusturica, aunque lo acusen de ser solo serbio, soñó con una Yugoslavia integradora en Underground, y con amores por encima de las naciones en La vida es un milagro. También algunos quieren poner a Ivo Andric solo como serbio, pero él siempre se sintió yugoslavo, como el croata Tito. Y trazó con mucha fuerza y comprensión a ciudadanos de todas las culturas yugoslavas en sus novelas.

Y tiene gracia, Andric era un bosnio que se sentía de Yugoslavia. Pero ¿qué es Bosnia sino una Yugoslavia en pequeño, aunque algunos crean que es solo musulmana? También algunos creen que Sarajevo era una ciudad musulmana sitiada por serbios, pero en Sarajevo había musulmanes, croatas, serbios, judíos, gitanos. Y a pesar de todo los sigue habiendo, ese es su encanto. Paseé en la noche por Andricgrad, incluso estuve en un cine. El país de ese escritor ya no existe. Pero existe en la literatura y el cine ¿dónde podría existir mejor?

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