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Unos gatos o un maniquí

"No se da cuenta de que, cuando no está atento, ella lo mira de reojo y por un instante suaviza el gesto"

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LAS SIETE y media de la mañana. Veo a la señora que da de comer a los gatos subir la cuesta de mi calle, con una bolsa en la mano y tirando del carro de la compra con la otra. Ya ha hecho la limpieza. A las ocho y media tendrá todo listo y al volver la veré aburrida en la ventana. En el callejón, uno de esos gatos come de un cuenquito de papel albal.

Es viernes por la tarde. En una calle un chico de instituto, grande, gordo, con un jersey apretado de pico, con gafas y espinillas, le habla atropelladamente a una chica rubia, guapa, llamativa y arreglada, medio girada y con todo su cuerpo afirmando que quiere irse. Deben de ser compañeros de clase. Él lleva una carpeta. A ella la acompaña otro tío, cachas, guapo y vestido a la moda, que mira ostensiblemente hacia otro lado. Cuando la pareja ya se va el chico grandote se les queda mirando un rato y les grita, con una sonrisa, "Y buen fin de semana, ¿eh?". Ella pone cara de, o sea, qué quiere ahora este, se gira y pregunta "¿Cómo?". "Que buen fin de semana, digo...", repite él, sonriendo aún más y saludando con la mano. Y se marcha nervioso pero contento, sin llegar a ver la mueca de repelús con que ella le deja las cosas claras a su chico y al resto del mundo.

En la mesa de la ventana una pareja pide dos cafés y una docena de churros. Él bromea. De sesenta y bastantes, tiene manos de trabajador, se peina para atrás desde hace pocos años y lleva una camiseta negra ajustada que pone FG October Original City. Ella tiene la misma edad, viste como visten en un sitio pequeño las señoras y apenas habla. Y no sonríe. Hasta que al cabo de un rato él también deja de hacerlo y se queda callado mirando por la ventana. De vez en cuando vuelve a intentarlo, pero nada. No se da cuenta de que, cuando no está atento, ella lo mira de reojo y por un instante suaviza el gesto. Se ha puesto unos pendientes largos y un foulard que nunca había estrenado, pero cuando se levantan para irse, mientras él paga, se ve en el espejo de detrás de la barra y se avergüenza.

En una calle peatonal de Lugo, un hombre de 59 años que solo tuvo novia una vez durante unos meses, cuando acabó el bachillerato, aminora el paso delante de un escaparate y le mira las tetas a un maniquí que lleva una camiseta ajustada.

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