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Solidaridad con mayúsculas

La joven pontesa Alba Fraga Sueiro acaba de vivir una de las experiencias más enriquecedoras de su vida. A través de la ONG Cooperación Internacional ha tenido la oportunidad de echar una mano en un orfanato de Kimbondo, en la República del Congo

Alba Fraga . EP

Alba Fraga . EP

Soñaba desde hace años con poder participar en una aventura solidaria con mayúsculas y lo ha cumplido. La joven Alba Fraga Sueiro está de vuelta en As Pontes después de haber pasado tres semanas inolvidables en Kimbondo, en la República del Congo, donde ha viajado con Cooperación Internacional de Galicia para participar en un proyecto con niños de un orfanato.

«Hace dos años y medio que colaboro con la ONG en Ourense. El coordinador allí, Pablo Varela, había viajado al orfanato el verano anterior y, unos meses después de volver, me comentó si estaría dispuesta a ir si se llevaba a cabo un proyecto de pediatría», cuenta Alba, que asegura que no dudó ni un momento en responder rotundamente «que sí».

Siempre había tenido claro que colaborar en una iniciativa así «era una de esas cosas que quería hacer en la vida», no solo por ayudar, sino también «por la propia experiencia personal que te brindan estas ocasiones», dice la joven, que preparó sus maletas con mimo para viajar junto a otros cuatro gallegos y dos madrileños.

«Estuvimos tres semanas, muy poco tiempo para la cantidad de cosas que hay que hacer allí», reflexiona Alba, quien cuenta que el lugar en el que desempeñó su labor fue en la pediatría de Kimbondo, también conocida como Mama Nkoko, «fundada hace más de 30 años por Laura Perna y Hugo Río».

«Empezó siendo un pequeño centro de salud. Ahora es un centro sanitario, el único que ofrece servicios gratuitos en toda la zona, y un orfanato, donde viven alrededor de 600 niños y adolescentes», cuenta la pontesa, que se implicó en el programa Maison Foyer, el nombre que recibe la casa en la que viven los niños de seis a doce años.

ATENCIÓN. «Allí nos enfocamos en tres programas. Uno educativo y de higiene, otro de fútbol limpio y rugby y el último de erradicación de un tipo de pulga muy presente -‘tunga penetrans’-, con la que tienen una gran problemática, ya que se mete debajo de la piel, en pies y manos», explica la joven pontesa, que incide en que también programaron juegos populares y educativos, y hasta elaboraron un huerto y un corral. Todo para sacar la mejor de las sonrisas a los niños que viven en el orfanato.

La pontesa reconoce que aunque los menores que residen en este lugar están «bien atendidos y se ven felices», tienen historias de vida muy duras detrás. «Además, los mayores son conscientes de la situación que vive el país, uno de los más pobres del mundo y en guerra desde hace décadas, por lo que saben que tienen muy pocas oportunidades y que las que tienen hay que aprovecharlas», analiza Alba, que ahora, después de vivir la experiencia, no duda tampoco ni un segundo en la posibilidad de repetirla, incluso «una temporada más larga».

Y, además, animaría a la gente a que dentro de sus posibilidades también lo hiciese. «Sin la ayuda internacional proyectos como este serían imposibles, las ayudas del gobierno congolés son inexistentes», dice, mientras confirma que su maleta viene cargada de «experiencias impactantes, no duras».

En sus retinas aún permanecen intactas las caras de asombro y emoción de los niños cuando realizaron una excursión a Kinshasa. Y es que ya sea aquí o en el Congo, hacer feliz a un niño resulta tan sencillo como dedicarle un poco de atención.

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