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Una mujer en Lugo fallece al precipitarse desde un cuarto cuando limpiaba las ventanas

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Eva González Eva González
► ANTONIO COSTA 
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Rulfo, el gallo ha muerto

La Caponera representa la fuerza de la vida. Ella es la verdadera protagonista. Anima los palenques con sus canciones, es vitalista e independiente

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EN EL GALLO de oro Rulfo habla de un hombre que vive de los gallos de pelea. Cuida a un gallo moribundo más que a su madre, lo recupera y hace que gane todas las peleas. Al final es vencido, pero se asocia con un poderoso dueño de gallos. Se lleva consigo a su amante La Caponera y ella le da suerte en todas las peleas y juegos. Pero reprime y encierra a la mujer y ella se marchita y se muere. Y él, que ya no la tiene para darle suerte, se suicida. 


La Caponera representa la fuerza de la vida. Ella es la verdadera protagonista. Anima los palenques con sus canciones, es vitalista e independiente. Los críticos atacaron la película de Roberto Gavaldón, con guión de García Márquez y Carlos Fuentes, pero en ella se aprecia eso bastante bien. Pero más tarde el hombre apenas la deja salir, la mantiene encerrada y la aplasta con su poder. Y ella se agosta como una planta sin aire.

Dionisio y La Caponera se parecen a Castel y María en El túnel. También él se ve fascinado por ella, también ella tiene la vitalidad misteriosa que no tienen otras personas. Pero también él, como Castel, quiere controlarla, quiere cuadricular su misterio. Quiere hacer la cuadratura del círculo y el círculo se deshace. Él la había comprendido mejor que nadie, pero la mata con el control y el dominio.

También en La herencia de María Arcángel, del libro El llano en llamas, María era el aliento de la vida. Era el encanto de todos en un mesón en la carretera, les daba vida a todos. Les insuflaba a todos la alegría de vivir. Hasta que se mata al caer de un caballo por estar embarazada y su marido odia al hijo para siempre. Y se gasta toda la hacienda en borracheras para que el hijo no herede nada.

En Es que somos muy pobres la muchacha quiere vivir y prosperar. Tiene una vaca y eso le permite casarse y que no la hagan prostituta. Pero la vaca se muere y la mujer se queda sin posibles en esa sociedad codificada. Todos quieren vivir en los cuentos de El llano en llamas.

En Luvina hay cerros pelados atacados por el viento despiadado. Pero la vida sigue desnuda y recia como los matorrales. Aquello es el infierno, como dice un personaje, pero aún en esa aridez sobreviven algunos arbustos y algunas personas.

En Diles que no me maten el asesino anciano al final de su vida se agarra a la vida. Se resiste a morir, como las retamas. Es una fuerza telúrica. Ha conseguido escapar a un crimen lejano, ha sobrevivido a través de los años, y cuando llega el fin inevitable insiste a pesar de todo: Diles que no me maten.

En Pedro Páramo es Susana San Juan la que da vida al cacique del pueblo. Y a toda la novela. También ellos son como Castel y María. El cacique consigue dominar todo el pueblo, pero no consigue dominar interiormente a Susana. No consigue que ella lo ame. Como diría Graham Greene en otro contexto, tiene el poder pero no la gloria. Y como Castel quiere controlar a su amada pero ha tropezado con lo incontrolable. Y como Castel se queda totalmente solo, en un túnel cada día más espeso.

Están todos muertos en Comala, pero están muy vivos. Juan Preciado ha venido a buscar a su padre, Pedro Páramo, porque su madre se lo dijo al morir. Y se encuentra en un pueblo muerto, donde todos están muertos. Pero todos los muertos susurran , se agitan, palpitan en sus tumbas. Recuerdan el pasado obsesivamente, convierten el pasado en un montón de imágenes intensas como en El año pasado en Mariembad. La vida entonces está en la memoria, o en el cine.

Es un páramo azotado por el viento. Pero está lleno de arbustos que no se mueren. Está lleno de murmullos. Recuerdo que en Madrid vi una vez una obra de teatro basada en la novela, que se titulaba Murmullos del páramo. Actuaba Chavela Vargas, me invitaron a tomar un café junto a ella, y me quedé mirándola silencioso toda una tarde. También yo era como los muertos agitados de la novela.

También el estilo de Rulfo es así. Es callado y mudo, pero está lleno de expresividad. Con metáforas que golpean como las ramas movidas por el viento. De Matilde Arcángel dice : "Era una muchachita que se filtraba como el agua entre todos nosotros". Y de su hacerse mujer: "Le brotó una mirada de semisueño, que escarbaba clavándose dentro de uno como un clavo que cuesta trabajo desclavar". Rulfo escribe como si fuera un muerto, pero estuviera lleno de vida. Un muerto mejicano, lleno de pasión y tragedia.

No necesita barroquismos, palabrerías. Es seco y contundente, pero fuerte como el orujo. No es charlatán, pero sabe lo que hay que decir. Como si lo suyo no fuera literatura, pero es profundamente literatura. También en eso se parece a Sábato. No se parece nada a Lezama Lima, intenté dos veces heroicamente leer Paradiso, pero no pude pasar de la mitad. Ni a tantos que se llenan la boca de palabras sin cargamento.

Era un hombre callado, pero Elena Poniatowska dice que era muy simpático. Que no era nada triste. Y yo lo creo. Hay una jovialidad profunda en la verdadera vitalidad, la que no es mero espectáculo. Igual que ese vitalismo trágico que Sábato decía que tenía.

Y escribió lo que había que escribir, sin cotorrería. Solo escribió tres obras, porque no tenía incontinencia verbal. Escribía como decía Rilke, cuando ya no podía más, cuando era inevitable. Y precisamente Rulfo hizo unas versiones de Rilke. Para ambos la literatura era un destino, no palabrería barata.

También sus fotos son calladas e intensas. Esas fotos que hizo en Oaxaca. Miremos esas cañas erguidas que arrojan sombras. Miremos esa iglesia desnuda en mitad del páramo. Miremos esas caras de vendedoras debajo de las campanas, que no son heroínas de novelas hinchadas, pero sí personajes llenos de vitalidad silenciosa como los muertos de Pedro Páramo.

Rulfo, el gallo ha muerto pero sigue vivo en todas partes. Sigue cacareando lo que hace falta. Y La Caponera sigue cantando. Dios nos libre de que se calle.

García Márquez sufrió una iluminación en México. Y no era para menos. Si los muertos de Comala susurraban sin cesar, también podían agitarse los de Macondo perdidos en la literatura. Si en Comala había muertos recordando sin cesar, en Macondo habría personajes pululantes que acabarían cuando se acabara el libro sobre ellos.

El gallo ha muerto, Rulfo, pero no ha muerto. Y ahora que tienes cien años se acerca como un susurro de tu novela. Como la intensidad de la literatura.

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