Barra Libre
Un ministro en llamas
16/10/2011 - Miguel Olarte
carlos es un psicópata. Amigo, pero psicópata. Tener una familia de leyes y de posibles le ayudó a canalizar sus impulsos sociopáticos hacia el Derecho y ahora es un abogado de enjundia, pero el portero del edificio donde tiene el despacho familiar todavía evita subirse a una escalera para cambiar la bombilla cuando él se pone a tiro de patada, más que nada por evitarle la tentación.
Carlos tiene una mente brillante para las putadas, una predisposición natural. La última vez que nos hicimos unos largos en un gintónic fijó en mi cabeza una imagen de la que ya no me puedo deshacer. No comprende cómo en un país con tanto paro y en el que se necesita un carné de manipulador hasta para hacerle un bocata de chóped a tu hijo han desaparecido de las gasolineras los empleados que se encargaban de llenar el depósito y ahora cualquiera tiene acceso a la manguera de la gasolina, sin más requisito que ponerse unos guantes de plástico.
En su putada se imagina en el centro de un área de servicio, en una mano la manguera escupiendo combustible a chorro sobre los surtidores y los demás vehículos y en la otra, brazo en alto, bien visible, un mechero encendido. A su alrededor, el caos. «Yo no le prendería fuego», aclara como para tranquilizarnos, «porque no soy gilipollas y me vale con ver los caretos de pánico de la gente para echarme unas risas. Pero cualquier colgado en este país puede provocar una tragedia así el día que se le cruce el cable». Desde entonces, cada vez que paro a rellenar el depósito se me viene la imagen a la cabeza y miro con desconfianza a los conductores que me rodean, intentado adivinar en sus rostros la sonrisa del psicópata o la congestión del psicótico.
Es el poder de una buena imagen, que mata más que mil palabras. Además, cuando una imagen es buena, buena de verdad, ni siquiera se precisa la imagen, basta con la simple evocación. Ahora está recibiendo una lección al respecto José Blanco. A nadie parece importarnos ese engorroso trámite que en un estado de Derecho conocemos como presentación de pruebas, porque la simple evocación del ministro haciendo palmitas en su coche en una gasolinera con un empresario corruptor centra demasiada atención como para detenernos en otras naderías. Y además en este caso Jorge Dorribo da la medida del malo perfecto, con esa personalidad que aúna la determinación del psicópata y la inconsciencia del psicótico, un pirómano social de manual.
Lo tiene mal, el ministro. Él lo sabe porque comprobó la eficacia de una buena imagen no hace mucho en el caso de Francisco Camps. Salvadas todas las distancias que se quiera, imputaciones incluidas, lo que tumbó al entonces todopoderoso barón valenciano no fueron las pruebas, que las hay, sino el hecho de que a todos pasaran a interesarnos más los cortes de sus trajes que la solidez de sus argumentos.
En ese caso le fue bien, porque ardía la gasolinera ajena. Pero tres cuartos de lo mismo había pasado antes en Galicia, cuando la Xunta bipartita se partió gracias al trabajo de uno de los políticos españoles que mejor ha sabido comprender y aplicar el poder de una imagen, Alberto Núñez Feijóo, que llegó al poder montado en el Audi A-8 de Touriño y en la cubierta de un yate en el que Quintana tomaba el sol en chanclas bajo la bandera española.
No es manco en esto el presidente gallego, que acaba de dar otra lección de cómo se capea un temporal. Ante la torpe estrategia del torpe estratega Pachi Vázquez acusándole en sede parlamentaria de haberse reunido también con Dorribo, Feijóo activa otra imagen: «Sí, pero en mi despacho, con luz y taquígrafos». En su despacho no había ese día ni más luz ni más taquígrafos que los que había en el coche de Blanco, pero es evidente que la imagen de una reunión de un presidente autonómico en su despacho oficial con un empresario no puede competir con la fuerza de un encuentro furtivo en una gasolinera.
Sí, lo tiene mal el ministro. Ya ha perdido esta batalla, quién sabe si la guerra. Yo ya no he vuelto a parar igual en una estación de servicio; ahora, mientras lleno el depósito, me distraigo intentando localizar alrededor a alguno de esos vehículos oscuros de gran cilindrada que viajan con chófer oficial, imaginando fluidos intercambios de favores en el asiento trasero. Sin apartar el ojo, eso sí, de los que echan gasolina a mi lado, por si adivino la sonrisa del pirómano.
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