Lugo sigue siendo una ciudad que cabalga entre el campo, en la que ambos elementos se entremezclan, tanto en el paisaje como en la conducta de los lucenses.
Por ello, es fácil encontrar huertas a pie de acera en barrios como A Piringalla, en las que crecen patatas, berzas o ajos en clara displicencia a los bloques que las circudan; algún campo más o menos cuidado que se observa por la parte interior de la muralla o algún jardín-huerto, que es la confluencia perfecta entre lo urbano y lo rural.
Caminar por barrios como A Ponte, Sanfiz, Orbazai, A Cheda o Albeiros es entrar en sintonía con el campo, que ve rota su paz de siglos por bloques de cemento cuando lo más lógico sería, para mantener la sintonía, la construcción de edificaciones familiares como ocurre en Irlanda o Escocia, tan similares a estas tierras.
En su Cartafolio de Lugo Fole recordaba algunas tardes de estío, pasadas bajo una parra o una higuera en la casa que el pintor Jesús Corredoira tenía en el Carril dos Loureiros, casi en pleno centro de la ciudad.
Esto es casi impensable hoy, en donde los proyectos urbanísticos acortan al mínimo los espacios verdes, pero aún quedan viviendas en las barriadas luguesas que se permiten el lujo de tener un pedazo de jardín-huerta en el que descansar a la sombra y recoger algún fruto para la despensa.
En Lugo la ciudad y el campo siguen, afortunadamente, bastante unidos. Por ello continúa celebrándose los martes y viernes el tradicional mercado que atrae a un buen número de vecinos de parroquias y pueblos próximos que ofrecen sus productos del campo, ecológicos les llaman ahora los horteras, con una relación calidad precio más que aceptable.
Esa entente campo ciudad es la que ha permitido que numerosos lucenses, durante generaciones, disfrutasen del veraneo en localidades de la costa de Lugo alquilándoles sus viviendas habituales a los lugareños, en una clara inmersión con el campo y el mar, e incluso lingüística.
También en el habla, en las formas, el campo y la ciudad se entrecruzan. En Lugo se emplea el gallego a un nivel bastante alto pero el habla de los capitalinos es más requintada frente a la que procede de la zona rural, más natural, con mayores sonoridades y matices.
Campo y ciudad siguen vivos y conjuntados, aunque a veces sin acierto, en Lugo. Y es que para muchos lucenses esta mezcolanza entre lo urbano y lo rústico, con los pros y los contras que ofrecen, constituye el punto de arranque para la felicidad.
05/07/2008