BARRA LIBRE
El niño de la oreja colorada
04/12/2011 - Miguel Olarte
MI HIJA ME MIENTE. Ni poco ni mucho, lo normal, supongo. Es lo que nos queda a los padres, ley de vida. «Solo le pido a Dios», me solía maldecir mi madre, «que te dé un hijo como tú». Que ya hay que tener mala baba para que, entre todas las cosas que le rogaba, le fuera a conceder precisamente esta, pero Dios y mi madre son así, inescrutables.
De momento no quiero darle mucha importancia, por la edad, pero sí que me tiene asombrado por las tremendas capacidades que muestra para la mentira. Con tres añitos, todavía le fallan ciertos detalles que le restan credibilidad, porque estoy prácticamente seguro, por ejemplo, de que en el pasillo de mi casa no hay leones que ataquen a los niños, pero el resto de elementos los maneja con una soltura preocupante: el rostro compungido, el relato elaborado, las inflexiones de voz, los detalles que aportan verosimilitud...
«Papá, Elías me ha pegado mucho y me ha llamado sardina. Vamos a darle una paliza y tú me lo sujetas», me soltó el otro día, llorando sin consuelo, para vengarse de que su hermano no le dejaba ver Dora. Y yo fui y se lo sujeté, porque la estoy educando en eso de que el trabajo bien hecho y el esfuerzo siempre tienen premio, y ella se lo había currado. No sé si lo llegó a entender del todo bien, pero al menos su hermano y yo nos reímos un rato y eso que nos llevamos por delante.
La semana pasada buscaba el modo de no volver a clase. El dibujo que esbozó pretendía ser tremendo: «Es que la profe Rosa me ha hecho llorar todo el día. Me riñó mucho por hablar con Jaime y me mandó a la clase de Lala y estuve todo el día sola en una silla y echaba mucho de menos a mamá todo el día». Y el relato continuó con más detalles terribles. Yo, que ya estaba al tanto de la tendencia a la tortura por parte de las dos profes de infantil, se lo comenté a Rosa, más que nada porque supiera que si en vez de mandarla a otra clase optaba por colgarla de los pulgares, pues que tampoco pasaba nada. La mujer me miró con cara de no enterarse de nada; todo lo que me había contado la niña era pura invención, y era una invención muy buena.
Yo estaba acostumbrado al chaval, que tiene siete años y todavía miente tan mal que no lo hace por no pasar vergüenza. Hasta hace poco lo tenía convencido de que cuando las personas mentíamos se nos ponían coloradas las orejas, y cuando el tío me la intentaba colar se las tapaba con las manos. Un desastre, ni la más mínima aptitud para el engaño, así que supongo que optó por la verdad porque no le quedaba otra.
Lo que ya no sé es si eso es bueno o malo, porque hemos creado una sociedad que tiene en alta estima la capacidad para manipular a otros. Hasta le hemos puesto nombre científico, para poder manejarnos con el concepto sin sentir remordimientos de entidad: inteligencia emocional, lo llamamos. Y lo hemos incorporado sin problemas a nuestros procesos de socialización, incluida la educación.
El sindicato de profesores acaba de presentar su informe anual sobre la conflictividad en nuestras aulas. En Lugo se ha duplicado en solo un año, pero, con ser preocupante, a mí me llamó la atención otro dato más escondido en el informe: el aumento de las agresiones de padres a profesores, especialmente en los niveles más precoces.
He oído por ahí que todo esto es problema del sistema educativo, de no sé qué leyes que privan a los profesores de su autoridad y los convierten en el pito del sereno. Puede ser, no digo que no. Pero lo del sistema me empieza a sonar ya como una de las cantinelas de mi hija, elaborada pero carente de credibilidad.
El sistema, y más el educativo, es aquel que construimos entre todos. Y la parte más importante de él no reside en las aulas, sino en las casas, pese a que muchos padres tengamos la tentación de abdicar de nuestras responsabilidades y de compensar nuestras ausencias con un perpetuo «sí, cariño». A lo mejor el gran problema del sistema educativo es que muchos padres ya hemos olvidado lo que nuestros profesores nos enseñaron en la aulas y nuestros padres en casa, con un par de capones si venían al caso.
Dentro de lo malo, me tranquiliza pensar que la pequeña muestra ya semejantes capacidades para el éxito social. Lo que me preocupa es que hayamos asumido que quien parte con desventaja en este proceso sea el niño que nunca tuvo una oreja colorada.
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