In illo témpore, la progresía gobernante decía que en Lugo no se movía un papel ni se cambiaba un marco en un monte sin el plácet de Cacharro. Éste era el demiurgo que todo lo urdía, provisto, además, del Ojo de Saruman que todo lo veía.
Es una bonita leyenda urbana, pero dejando a un lado cuestiones más discutibles, y alguna incluso criticable, su labor de conjunto, especialmente en el ámbito educativo, ha sido buena.
Los lucenses no somos del todo conscientes de la importancia que el campus tiene para nuestra ciudad. Y si bien es cierto que en el crecimiento del mismo han coadyuvado otras instituciones, el impulso inicial le pertenece a Cacharro, cuando la Universidad era más renuente. Porque no siempre fueron días de vino y rosas.
Políticos con iniciativa hoy ya no existen, para dedicarse al bacheo y organizar bailes de salón vale cualquiera y esa es la especie que abunda en la diestra y en la siniestra.
En el debe de Cacharro se pueden colocar muchas cosas, motivadas mayormente por la larga permanencia en el poder, algo que sin duda es nefasto para cualquier político. En el Concello de nuestra querida ciudad, con menos tiempo en el poder, existen todos los vicios que se le imputaban a Cacharro. Eso sí, debidamente barnizados al modo progresista.
En mi opinión su principal problema fue el aislamiento en que se colocó, ¿o lo colocaron?, una cohorte de tiraboleiros que lo llevaban dónde querían, obteniendo beneficios de todo tipo.
No quisiera caer en aquello que antaño se decía: Franco es bueno y sus ministros malos. Pero es lo cierto que quienes conocieron las zahúrdas del cacharrismo saben que algo de esto hubo.
Creo sinceramente, desde la distancia en que diversas circunstancias nos ha colocado, que ha sido un buen presidente de Diputación y que, sin duda, el paso del tiempo lo demostrará.
Por eso me apena que en el acto de colocación de su retrato en San Marcos sólo estuviesen Barreiro y Barcia por el PP, junto con el ex alcalde de A Pontenova, amén de un escaso número de trabajadores, entre los que se echó en falta a los tiraboleiros.
Por cierto, ni Barreiro al que comparaban con Bruto, resultó ser un traidor, ni Don Francisco Julio César. Y los otrora aduladores resultaron ser descendientes de la gallina de Mos.
Lo cortés no quita lo valiente, y estoy seguro que ni Besteiro ni Bao hubiesen visto con malos ojos la asistencia a dicho acto. Sospecho que ambos son lectores de Bertold Brecht, ya me entienden…
En fin, creo que los lucenses le debemos reconocimiento por todo lo que ha hecho, las luces las recordaremos y las sombras ya las hemos olvidado.
08/07/2008