BARRA LIBRE

Aquellas rubias


Etiquetas: crisis, Barra libre, Miguel Olarte, peseta, muñecas

18/12/2011 - Miguel Olarte

NUESTRA PATRIA ya no es nuestra infancia, como concluyó Rilke; nuestra patria es la peseta. O a lo mejor es que nuestra infancia misma es la peseta. Desde luego, la mía sí. No una peseta cualquiera, no esa que prescindió del cuproníquel desde primeros de los ochenta y se convirtió en una oscura circunferencia de aluminio sin peso, ni entidad, ni encanto, tan liviana que ni ruido hacía cuando se caía y que te quitaba hasta las ganas de agacharte para recuperarla.

Mi patria son las rubias que perseguíamos los chiquillos del pueblo por la carretera abajo, cuando los padrinos de las bodas y los bautizos las lanzaban a la repelea entremezcladas con caramelos y los chavales aguzábamos el oído para intentar distinguir el sonido del duro al chocar contra el suelo, más sordo, menos vivo que el de la peseta, y desde luego mucho más escaso.

Entonces, en mi patria el estatus social del bautizado o de los casados se medía por la cantidad de duros que el padrino mezclaba entre las pesetas y los caramelos; a veces rodaban también monedas de cinco duros y las luchas eran tremendas, con sangre en las rodillas. Una vez incluso pillé una de cincuenta, menudo domingo, pero aquello era ya pura ostentación.

El setenta por ciento de los españoles añoramos la peseta. Así se lo hemos dicho al Real Instituto Elcano, que refleja en los resultados de su último barómetro nuestra frustración con el euro, al que situamos en el origen de todos los males que ahora lamentamos. Y lo hacemos además sin distinción de clases ni cuentas corrientes, lo mismo los que viven por sus manos que los ricos.

Es, sin embargo, una opinión reciente, que no compartíamos hace tanto, cuando bendecíamos la existencia de los billetes de 500 euros porque ocupaban mucho menos espacio en los sobres y los maletines que cambiaban de manos con una despreocupación preocupante.

Quizás lo que realmente añoramos no sea la peseta, sino aquella patria, aquel trajín de ilusión a manos llenas que crecía sobre plano. La ilusión, que solo es otra forma de esperanza y que es lo último que hemos perdido. Nos la estamos arrebatando unos a otros, ahítos de pesimismo, resignados a una repelea sin monedas de diez duros.

Nos estamos arrebatando hasta la Navidad. En mi patria, las muñecas se dirigían al portal para hacer llegar al niño su cariño y su amistad, y el pequeño sonreía en el pesebre porque estaba alegre y rodeado de polvo blanco. Ahora el chaval tiene el rostro desencajado por el miedo y sus llantos acongojan hasta a la mula, porque las muñecas que lo visitan se llaman Monster High y solo pasan por el portal camino del infierno.

Hay que verlas, delgadas como esqueletos, pálidas como cadáveres, con sus largas melenas, sus labios siliconados y sus enormes ojos muertos. Son las hijas de: el hombre lobo, de la momia, del fantasma, del monstruo marino, del vampiro o del zombi. Vienen con complementos estupendos, como ataúdes, cojines en forma de calavera o maquillajes en tonos negros y morados.

Son el juguete estrella de la temporada y conozco a personas que se han recorrido cientos de kilómetros para conseguir una, porque están agotadas incluso en fábrica y los que andan metidos en el ajo hablan del asunto como si estuvieran traficando con crack: «Me han dicho que en una juguetería de Ferrol van a recibir dos dentro de unos días, pero no reservan. A ver si pillo una parecida en el Toys’ R’us, aunque sea adulterada».

Y son muy caras, así que igual resulta que al final no es ni la peseta, ni la patria, ni el euro, sino la vida. Esa que ha convertido a las muñecas sonrientes, lozanas y rubias como la peseta que todos añoramos en seres tan terribles e inertes como nuestro presente, como nuestros gobernantes, que prefieren el silencio cadavérico y la mirada ausente antes que contarnos la que se nos avecina, del miedo que se dan.

Quizás es mejor así, menos terrorífico. Exprimidos hasta la última gota, solo queda que nos desangren por la vena de la ilusión, que es lo último que nos están arrebatando, reencarnados todos en una procesión de muñecas cadáver hacia un portal en ruinas, el alpendre sobre el que edificamos nuestra iglesia. Quizás nuestra única esperanza sea añorar la Navidad. Felices fiestas, pese a todo.

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