El Progreso

Galiciae

EN EL PELLEJO DE...

La 63 es de ideas fijas


Etiquetas: cooperativa, Lugo, ganadería, En el pellejo de, Guntín

Sabela Corbelle / El Progreso (Lugo).

Marta Rodríguez González. Es administrativa y su oficina la comparte con 400 vacas, que son las suyas y las de los siete socios más de esta cooperativa, Penaval.

la 63 es una vaca. Una de las 400 vacas que las cuatro familias de la cooperativa Penaval tienen en Santa Cristina, lindando con el límite entre Lugo y Guntín. En medio de tantas cabezas, está Marta Rodríguez González, una administrativa de 37 años que no envidia, para nada, pasarse todo un día frente a un ordenador y sentada en una silla. «Son administrativa, pero a min gústame isto. Aquí non hai xefes, somos socios pero empresarios, creamos patrimonio e o que facemos, facémolo para nós. Agora non me imaxino traballar noutra cousa».

Ella se lo guisa, por así decirlo, y también se lo come. Y orgullosa que está de ello. Lo mismo que su marido, Juan, también socio de la cooperativa Penaval y las otras tres familias con las que comparte propiedad y negocio. «Somos catro explotacións que nos xuntamos nunha. Por que o fixemos? Sobre todo, para mellorar a nosa calidade de vida. Para non ter que traballar os 365 días do ano», explica.

Ahora se organizan. Cada fin de semana trabajan dos familias y las otras dos descansan. Además, cada socio tiene un día libre a la semana y un mes de vacaciones.

Marta tiene dos hijos, pero se pasa unas diez horas en la granja. A las ocho de la mañana, llega y lo primero que hace es ordeñar. No hay tiempo que perder y es importante cumplir los horarios. Algunas vacas tienen una ubre a punto de reventar. Marta se pone el mono de trabajo, las botas de goma y el gorro y se mete en faena. Me recomienda que haga lo mismo (y menos mal porque el olor a vaca me acompañó hasta la cama). También confiesa que no sabe lo que es ordeñar a mano porque ella, a diferencia de sus padres y abuelos, nunca lo hizo.

Lo primero es abrirles paso a las vacas para que acudan a la sala de ordeño. El único paseo diario para ellas, reses estabuladas. «Vídevos, entrade», les dice. Los animales se van colocando cada uno en su sitio. Cada una con su pulsera en la pata, que las identifica ante un ordenador que registra su producción.

Veinticuatro a la vez y doce en cada flanco. De hecho, el ordeño da para dos horas y media de trabajo. Marta limpia los pezones de las vacas y una compañera los seca.

Siempre pensé que tenía más de rural que de urbanita, tanto por genética como por ideales, pero Marta me descubrió que soy una perfecta analfabeta en lo que a esto se refiere. «Pero ti es de Lugo? É que non o parece», me comenta otra socia. Cojo las cuatro pezoneras y me dispongo a colocárselas a una de las vacas después de haber pulsado el botón del contador-ordenador que activa el vacío. Lo primero que pienso es si la vaca notará que una primeriza le está colocando las pezoneras y temo que su respuesta sea una patada a traición.

La pezonera no engancha. Me comentan que hay que acercarla para que agarre (funciona al vacío). Aclarada la cuestión, la segunda, tercera y cuarta ya entran bien.

La vaca es paciente. No se queja, aunque la mareo un rato. A cambio, suelta 26 litros. Tras el ordeño, hay que sellar los pezones y así otra ronda más y otra y otra... hasta atender las 400.

Acompaño a otro de los socios de la cooperativa, de solo 21 años, a ver los terneros. Hay una docena y predominan las hembras sobre los machos. «Os machos vendémolos e as femias quedámonos con elas para a cría. Unha vaca pode ter, como moito, oito partos», calcula.

Uno de los terneros tiene dos días. A sus patas tiene un colega, un gato, también recién nacido. El ternero ya tiene su pienso, aunque acepta de buen grado el cubo con la pezonera de plástico por la que chupa la leche de la madre.

A la vuelta, hay ‘overbooking’ en una de las salas y compartimos centímetros de espacio con 50, 60 o ... 70 vacas. Nunca me vi tan rodeada por tanto animal con cornamenta. El chico que me acompaña coge un palo, todas van obedeciendo menos la que está en cabeza, que se resiste: «63, aparta de aí». La vaca cede. No sé si sorprenderme por que es capaz de conocer a cada res por su número, 63 entre 400, o porque entendió a la perfección el mensaje. Poco a poco, se amontonan para hacer un hueco que nos permitirá cruzar la granja. Les confieso que me separo lo menos posible del hombre de la vara. Por lo que pueda pasar...

Tras el ordeño, hay que dejar todo limpio y listo para la siguiente cita, a las siete de la tarde. Cuando se termina, hay más trabajo por delante: cambiar lotes de vacas a punto de parir a las parideras. También hay que limpiar. Se hace una limpieza general, incluida la sala de ordeño y los azulejos, con una máquina de presión. Pero, además, hay que limpiar las camas de los animales. Para ello, se emplea carbonato cálcico, que absorbe los orines y seca.

Además, hay que darles de comer. Marta se sube a la segadora Bertolini, adaptada con una plancha metálica por delante para arrimar el silo a las vacas. Dos viajes, ida y vuelta, y un centenar de vacas prueba el almuerzo. Ahora toca comer también al personal.A las dos y media se van y a las cuatro vuelven. Hasta las nueve y media. Los chavales los atienden los abuelos. Pero Marta insiste, compensa trabajar por cuenta propia aunque los números no ayuden mucho a fin de mes. «Sacamos 6.300 litros de leite ao día e o prezo ao que nolo pagan, 25 céntimos, é o mesmo que hai vinte anos. Por se fose pouco, o gasóleo sobe. E hai máis gastos, cada vaca come 10 quilos de silo de millo; outros 10, de herba; 3, de alfalfa,e 4, de pienso personalizado», afirma.

¿Personalizado? «Si, fáillelo o nutrólogo, un enxeñeiro agrónomo, coa cantidade de millo e herba que necesitan», explica.

16/06/2012