EN EL PELLEJO DE...
Bastón, bota y Betadine
23/06/2012 - Sabela Corbelle / El Progreso (Lugo)
José Antonio Pérez, auxiliar de biblioteca y en paro, este gaditano se echó a andar para conocer el Camino Primitivo. Con él, van dos italianos y tres catalanes.
es una de mis asignaturas pendientes pero, al menos, tuve la oportunidad de recorrer el primer tramo del Camino Primitivo en su entrada en Lugo. Lo primero es saber por dónde transcurre el Camino. Ojeo las webs del Concello y de la Diputación y no me aclaran lo que quería saber: cuál es el trazado del Camino en Lugo.
Me encamino -nunca mejor dicho- al barrio de A Chanca y encuentro en el puente a una pandilla de cinco peregrinos. Todos hombres, menos una joven. Y, aunque parezca el principio de un chiste, son tres catalanes, dos italianos (padre e hija) y un andaluz. José Antonio Pérez es de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, y tiene 48 años. Diplomado en Relaciones Laborales, su último trabajo, antes de quedarse en paro, fue como auxiliar de biblioteca. Ahora, se decidió a hacer el Camino y se encontró en la ruta con el resto de la pandilla (tres conductores de la línea de bus nocturna de Barcelona y un funcionario italiano de Hacienda, ¡que luce gafas Dolce &Gavanna!, con su hija).
«Me gustaría decir que le dedico todos mis esfuerzos y mis dolores de piernas, que sufro en el Camino, a los enfermos y mayores», dice José Antonio Pérez, con convencimiento y fe, mucha fe. ¿Se hace el Camino por fe?, pregunto, esperando una respuesta negativa. «Pues claro que sí, ¿cómo crees que aguantaríamos hasta Santiago caminando si no fuera por fe?», contestan, con convencimiento.
Me ceden un sombrero, un bastón y una mochila (de 8 kilos) y comienzo el peregrinaje con ellos. Advierten de que hay una cuesta pronunciada hasta la puerta de San Pedro. Me hago cargo. Una norma de oro es seguir la Vieira amarilla del Camino y, para mi sorpresa, hay más de las que creía. «Sí, está muy bien señalizado. No hay pérdida. Mira, ¡allí está la flecha!», me indican.
El bastón me parece un estorbo. Lo único es que te da la sensación de que avanzas más -al fin y al cabo, llevas tres patas- pero lo principal es que te apoyas en él en las cuestas y estas se hacen más llevaderas. También cargo con la mochila y, en contra de lo que pueda parecer, no ofrece mayor problema. Quizás porque es ergonómica y sus tiras anchas se adaptan perfectamente a la espalda.
¿Qué hacéis con las ampollas?, pregunto. «Pues vamos cargados de alcohol y Betadine. En la mochila, llevamos un pequeño botiquín y solo lo imprescindible: un par de camisetas, un pantalón, un impermeable y dos o tres mudas, que lavamos en los albergues donde, por cierto, no hay lavadora. En mi mochila, aun llevo ropa mojada», comenta, entre risas, José Antonio.
José María Medina, de 45 años y de Santa Coloma de Gramanet, no conocía Galicia y tampoco el Camino. Su compañero, Sergio Balfagón, de 28 años, ya es la segunda vez que lo hace y lo convenció a él y al otro colega, Diego Díaz Cárdenas, de 46, para iniciar la aventura jacobea. «A mí me gustó. El año que viene lo haré con mi hija. Los albergues cuestan entre 5 y 10 euros por noche pero nosotros llevamos ya 300 euros gastados en una semana . Porque no siempre comes de bocadillo, ¿sabes?», cuenta José María.
Subimos por el Carril das Flores y la cuesta les parece liviana. ¡Estos chicarrones vienen de A Fonsagrada! «Este Camino es precioso. Nada que ver con el Francés, que es una verbena, está petado», afirma Sergio.
Los cinco pretendían llegar a Santiago entre ayer y hoy. Uno de los conductores, José María Medina, de Santa Coloma de Gramanet, agarra un folleto de Carrefour de un portal del Carril das Flores. Durante el resto del camino, no para de ojear los precios. Me puede la curiosidad y le pregunto. «A propósito, ¿por qué tienes tanto interés en las ofertas de Carrefour?». «Es para ver el precio de la botella de güisqui para ir a la verbena de Barcelona, de la hoguera de San Juan», comenta.
Al llegar a la puerta de San Pedro, ven la muralla y dice uno de ellos: «Es la más antigua de Europa, ¿no? Está bonita». Se hacen la foto del rigor junto al monolito que recuerda que Alfonso II El Casto pasó por allí, en peregrinación, en el siglo XI y suben por San Pedro.
Este grupo llevaba ya 240 kilómetros caminados cuando llegó a Lugo, a una media de 30 diarios. Hoy hicieron los 30, desde O Cádavo, en diez horas. Los acompaña una bota de vino ¡para hacer bien el camino! Alexia Liguoro, la jovencita italiana, se para delante de la cordelería y le señala a su padre una bota, igual a la que llevan, para que la compre. Pero el funcionario de Hacienda italiano sigue para delante.
Alexia acabó las clases el día 8. Su padre pregunta por una de las fotos turísticas que hay en el albergue, la de la playa de As Catedrais. «Molto bello», dice, y añade que se decidió a hacer el Camino, entre otras cosas, «por ser unas vacaciones baratas».
Los reciben en el albergue y, tras comentarles las normas, les cobran la noche y les entregan un paquete de sábanas de papel.
«La puerta se cierra a las diez y mañana tienen que marcharse antes de las ocho», manifiesta el empleado. Sergio pregunta si pueden salir a ver el fútbol, a las nueve menos cuarto. El empleado les dice que si salen y llegan más tarde de las diez, no vuelven a entrar. Así que deciden turnarse para no quedarse fuera y poder ver el partido, aunque sea a ratos.
Los dejo con esos tratos y bajo San Pedro rumbo a A Chanca, de nuevo, donde dejé el coche. Bajo con sed, como los peregrinos.
A falta de bota, paso por delante de una heladería y me tienta comprar un cucurucho con dos bolas de nata y fresa. Dicho y hecho. Y es que... ¿alguien se atreve a decir que, con un heladito, no se anda mejor el Camino?










