"Mi bazo es jacobeo"
29/07/2009 - Jaureguizar (texto) + J.Vázquez (Fotos) (Lugo)
Nino se ha dejado media vida y un bazo en el Camino. En 1971 se llamaba Marcelino Lobato Castrillo y se echó a andar desde Logroño, donde vivía, hasta Santiago, por una cuestión «de cojones». Su amigo Félix había llegado a la Prlaza do Obradoiro «y si él lo había hecho,... pues me dije, también yo tengo los cojones para hacerlo, con perdón por la expresión. Aquel año, que era Año Santo, llegamos 25 peregrinos a Compostela». La experiencia, «el modo en el que la gente que te ibas encontrando compartía lo que tenía contigo, la generosidad con la que te invitaban a comer o te dejaban dormir en su casa» representó para este logroñés un viaje que llenó de sentido su vida. Ahora, jubilado, se dedica por entero «a ayudar». Colaborar con los demás es la misión que se ha impuesto.
Como Luz Aurora ha dedicido dar continuidad a la tradición de su Oaxaca natal, en México, de hacer «los Tres Caminos». Indica que «cuando se me cayeron los dientes de leche, es decir, cuando se entiende que yo tenía mi propia personalidad, mi padre me llevó caminando en una viaje de 700 kilómetros hasta el mar. Mi papá me enseñó a cazar, pescar y cuales eran las plantas que podía usar como medicinas. Lo hice con mi padre, porque es importante separarte de tu madre».
El segundo de la tríada de viajes lo hizo en la adolescencia, «cuando mi padre me acompañó hasta el mar, y allí yo tenía que decidir si volvía con él o sóla. Yo lo hice sola y mi padre venía a un día de camino por detrás de mí por si pasaba algo». El ciclo se completa con un tercer viaje en la mitad de la vida.
Como reside en Suiza, Luz Aurora decidió transplantar el Camino de los Tres Viajes a la ruta jacobea. «Ahora es a mí a quien me toca iniciar a mi hijo», apunta esta peregrina mexicana señalando a su hijo, Rafael, «que con 7 años ha recorrido 1.200 kilómetros de una ruta llamada Podense porque parte de Le Puy, cerca de Lyon». Su pretensión no es religiosa, «sino hacer el carácter de Rafael» recorriendo la Vía Podense «en etapas cortas».
El carácter de Marcelino, acogedor y afable, ha sido una construcción del Camino. Los cuarenta años que lleva recorriendo las diferentes rutas en un sentido y en el contrario «echando una mano allí donde alguien pueda necesitarle», han ido caracterizándolo hasta completar a Nino, un sesentón de melena y pelo blancos y rizados como la lana de los colchones en los que tantas noches de suerte ha dormido, que viste unos faldones y una capa «de peregrino medieval». Advierte de que «casi no me los pongo porque la gente no deja de pedirme que me haga fotos con ellos».
Nino se hace acompañar de un burro, ‘Teodoro’, y una perra, ‘Mora’, que ayer no estaban en O Cebreiro, pero si lo acompañan representados en la furgoneta que utiliza para su labor de coche-escoba y vehículo de auxilio urgente. Peregrino, burro y perra se han convertido en un trío icónico que se reproduce en camisetas y llaveros «y me da algo de dinero para vivir».
GONG
Lev es una de esas personas que hacen fotografías, pero las estrellas más populares de la Vía Láctea que es la ruta compostelana, como Nino, no parecen atraer su atención. Prefiere los montes descomunales de O Cebreiro y el aire bruñido de la mañana. Se asoma a un barranco en el alto de O Poio y comenta sonriendo con la calidez de un bebé: «¡Es tan bonito!», exclama al viento que aligera el peso del sol. Lev es esloveno, pero habla inglés tan rápido como un subastador de pescado de Hastings.
—¿En que trabaja?
—Mi primera ocupación es ser profesor.
–¿Y la segunda?
—Tocar el gong.
Lev se dedica a la terapia musical. «La gente está muy estresada y el gong emite una vibración que penetra en el cuerpo de las personas y las relaja», comenta para explicar su trabajo. Las técnicas las aprendió en el Himalaya.
Comparando aquellos parajes y los lucenses, apunta que «son muy parecidos, la gente es muy abierta en los dos sitios. Me gusta el carácter español», señala con su sonrisa de hipopótamo feliz.
Con lo que no muestra tanto entusiasmo es con que a la gente de aquí le cobran dos barras a 1,70 euros, y a mí me las cobran a 2,40. Deben de pensar que no me doy cuenta porque no hablo español». Añade que «esa es la diferencia con el Himalaya; lo que allí es espiritual, aquí es negocio».
Marcelino confirma que el negocio «y la falta de educación y de respeto por la gente que vive en los pueblos del Camino son cambios fundamentales». Al mismo tiempo que acusa a algunos peregrinos, destaca que «todos estos pueblos estarían muertos si no fuese por el Camino, los negocios que se han ido abriendo les han dado mucha vida».
Oliva participa de ese relanzamiento del Camino desde que nació en O Poio en 1969. Sus padres tienen allí un albergue, pero ella recuerda «chegar a casa de madrugada con 18 anos e ir sorteando peregrinos polo corredor para poder chegar á cama».
Ahora está todo regulado y los caminantes duermen en albergues. Una profesional que atiende uno de ellos observa que «de inverno veñen peregrinos; de verán, ‘turinos’, é dicir, xente que fai o Camiño porque é turismo barato. A xente de inverno adoita ser estranxeira e veñen con respecto, compartindo contigo as súas experiencias; de verán, son sobre todo españois e italianos, e son distintos».
El veterano Nino se queja de que «ahora hasta hay furgonetas que te llevan la mochila de un pueblo a otro y, los que contratan ese servicio aún andan mirando si el bordón para ayudarse a caminar es de roble o de fresno para que les pese menos». Ese desvivirse por las comodidades más que por hacer la ruta le molesta intensamente porque él, como histórico, asegura que «me conozco las puertas de las iglesias, los puentes y los pajares porque he dormido en todos ellos».
MUNDO
Mucho más conoce Roberto Suzuki, que ya ha dado cuatro vueltas al mundo visitando 140 países. Conoce todos los continentes, «mais sempre tiña na cabeza Santiago de Compostela». No por una cuestión religiosa; ni siquiera de búsqueda personal, que es la que motiva a Lev.
El esloveno dice que «no soy religioso, pero en ningún otro lugar del mundo voy a estar caminando durante diez horas conmigo mismo». Roberto no, Roberto adoptó la determinación de viajar a Santiago «mirando reportaxes na televisión» en Curitiva (Brasil), donde vive cuando no esta sobrevolando el planeta. Pese a su «necesidad de ir a Santiago, sabía que precisaba de treinta días para recorrer el Camino», por lo que tuvo que esperar a jubilarse como ingeniero eléctrico a los 56 años, hace cuatro.
De cualquier forma, su camino no acaba en la Praza do Obradoiro, «porque vou ir a Fisterra e logo recorrer a ruta xacobea ata Lisboa».
La motivación de Rafael para cubrir la ruta jacobea con solamente siete años tiene también su parte estética. «Lo mejor del Camino son las flores y las mariposas», comenta, para añadir que, entre las primeras, le gustan especialmente «las orquídeas piramidales».
El Camino Francés que está conociendo este niño suizo es mucho más bonito que el que descubrió Nino a principios de los 70, cuando «podías pasarte varios días sin ducharte; parecíamos mineros».
Las penurias parecen no haberle afectado. Las que el ha sufrido en estos cuarenta años han sido graves. Se levanta la camiseta para mostrar una raja que le divide la barriga como una trinchera. Explica que «me quitaron el bazo hace doce años, tras andar 1.200 kilómetros. Dejé el bazo en el Camino, puede decirse que es jacobeo».
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