El síndrome de marras
05/09/2010 - Miguel Olarte
Irene se aferra a mi cuello y llena mi hombro de lágrimas, mocos y babas mientras esa mujer trata de arrancarla de mis brazos. Yo salgo de la guardería con el llanto desconsolado rebotando en mis oídos y tratando a duras penas de que la mancha húmeda de mi camisa no se extienda hasta mis ojos. Enfilo el camino del periódico y cuando subo por las escaleras hacia la Redacción echo de menos a un padre al que aferrarme y llenar de babas mientras mi desalmado director —¡Dios lo guarde muchos años, y a buen recaudo!— me arranca de sus brazos. Ha sido así cada mañana de esta semana, y la que entra no tiene visos de mejoría.
Ambos, los de Irene y los míos, son síntomas conocidos de viejo, estadíos diferentes en la evolución de un mal con génesis común: ella sufre lo que toda la vida se ha llamado «¿dónde están mis abuelos, que me dejan hacer lo que me da la gana?»; yo, lo que popularmente conocemos como «daría un güevo y la yema del otro por no tener que volver al trabajo».
Pero resulta que ahora, ¡hay que ver lo listos que somos!, ya tenemos un nombre que unifique ambos conceptos: síndrome de estrés postvacacional. Y con eso se explica todo, como pasa últimamente con los virus, que llevas al niño a Urgencias lo mismo con un dolor de vientre, que de oído, que de pies, y todo es culpa de un virus, así, sin apellido, en genérico. Aún peor, porque un virus es un virus aquí y en Lima, pero lo del síndrome éste ni se sabe: no está descrito como enfermedad y no hay acuerdo sobre sí existió siempre y hasta ahora no se le había dado nombre, o es una nueva dolencia producto de nuestro estilo de vida.
A mí tanto me da, pero síntomas los tengo todos: debilidad generalizada, astenia, desajustes del sueño y desidia. España gana al descanso a Grecia, esto tiene buena pinta. Ah, y pensamiento disperso, más o menos como siempre, pero con más desgana. Es como una resaca permanente. Intolerancia total al trabajo.
Los que saben de estas cosas —hablamos de psicólogos, tampoco esperemos milagros— identifican una serie de situaciones que predisponen a padecer estrés postvacacional: las vacaciones largas y la falta de motivación laboral. No me cuadra. Mi trabajo me encanta, lo que es una desgracia como cualquier otra. Y mi chaval, después de casi tres meses, está deseando volver al colegio para empezar Primaria y ver a sus amigos, así que por vacaciones largas no será. Uno arriba al final del tercer cuarto, esto va a estar duro.
La mayor parte de los especialistas, si los hubiera, coinciden en unas recomendaciones básicas, todas muy útiles, como ya se supondrá: distribuir las vacaciones de otra manera, en periodos más cortos y dispersos, lo que revela que la mayoría de dichos especialistas son profesionales autónomos; regresar de vacaciones unos días antes, se supone que renunciando a la parte del alquiler del piso en la playa; optimizar el tiempo de trabajo — «¿Por qué tardas diez minutos en hacer lo que siempre te lleva cinco?», reprocha uno de estos expertos en un artículo que tengo delante; pues vaya solución, si pudiera tardar los cinco de siempre, ya no tendría el síndrome, digo yo—. Y el consejo que más me gusta, hacer ejercicios de relajación y yoga: les aseguro que lo intento, pero no acabo de dar con la técnica específica para relajarme en medio de, pongamos por caso, una pelea de cojines entre dos mocosos con mala puntería.
España elimina a Grecia, esto sí que es superar una situación de estrés. Supongo que esto demuestra que al final se trata de tomarnos todo con un poco más de naturalidad, de darle tiempo al tiempo. Un simple proceso de adaptación mientras recuperamos nuestras rutinas. Al fin y al cabo, en la guardería me aseguran que Irene deja de llorar diez segundos después de marcharme yo y que les doy yo bastante más pena que ella.
No sé, pero me da que esto del síndrome de marras va a terminar siendo un invento de los medios de comunicación. Hay que entenderlo: después de dos meses de reportajes sobre los riesgos del sol y vacunas para viajar al extranjero, de entrevistas a socorristas de piscina municipal y de fotografías de carreras de burros, una de estrés postvacacional a finales de agosto, con su opinión de experto y todo, te viste un hueco que no veas. Como esta página, sin ir más lejos. Y ya estamos en cuartos de final, pura rutina.
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