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En Marea se ahoga ella sola

MLR. ASÍ LLAMABA en su etapa gallega Pablo Iglesias al incombustible e infatigable Mario López Rico en sus mensajes de móvil con frecuencia incendiarios, marcados por la guerra que mantenían ambos por el control de la línea de comunicación de la campaña de la Alternativa Galega de Esquerda (Age) de Beiras y Yolanda Díaz en 2012. Lo de MLR resulta muy adecuado, incluso genial. Parecen las siglas de un movimiento de liberación y eso es lo que es Mario, un partido prácticamente en sí mismo y para sí mismo. No se trata de una fuerza política de las que se presentan a las elecciones, sino de las que, como el Colectivo Socialista, Encontro Irmandiño y Anova o Cerna, se mueven en los conglomerados complejos como el BNG del pasado, la fugaz Age y la actual En Marea. Se trata del territorio propicio para los contubernios y las maniobras en la oscuridad en las que es un maestro consumado MLR, un arquitecto nacido en Ribadeo pero afincado en A Coruña, donde fue edil del Bloque. Por esta formación también estuvo en el consejo de administración de la TVG, en los tiempos de los salarios astronómicos, aunque tuviesen un descuento para las siglas de verdad.

Con su inseparable Luís Eyré ‘Palleiro’, aunque a éste ahora se le vea mucho menos, MLR fue durante tres decenios el afinador del piano electoral de Xosé Manuel Beiras, en el PSG de los 70, el BNG de los 80, 90 y 2000 y la Age de esta década, de la que se escindió para crear Cerna, con los recursos que generó el transfuguismo de la diputada Chelo Martínez.

Como En Marea, la continuadora de Age, era desde su nacimiento tan pujante como poco seria, pese a ese pasado tránsfuga, Cerna pudo integrarse en su seno, presentarse a las primarias y al sacar los votos suficientes tener una diputada por Lugo, Paula Verao, la misma cuota con la que MLR y Martínez se sentaron en la dirección de En Marea para convertirse, finalmente, en los afinadores de la gaita de Luís Villares. Ése es el instrumento que toca el también melómano juez en excedencia.

MLR le dio dos cosas a Villares. Una fueron los votos para, junto con los críticos de Anova del exalcalde de Manzaneda, hacerse con el teórico liderazgo de En Marea que le negaban los que le ficharon el verano pasado y que ahora lo tildan de conservador. Y la otra fueron las clásicas conexiones coruñesas de MLR con el caciquismo mediático.

Aunque fuese gracias al apoyo de MLR que algún día se volverá en su contra, a Villares hay que reconocerle que contra viento y En Marea cumplió en abril su objetivo de añadir al título de portavoz parlamentario el de líder del partido, pese al decepcionante resultado electoral, en el que su culpa solo es relativa. En una maniobra de alto riesgo y buscando siempre el aval de Beiras, se desembarazó de sus antiguos protectores y compañeros de lista en las elecciones internas, la parte oficial de Anova, Podemos, Esquerda Unida y Marea Atlántica, el núcleo duro de En Marea, que entonces se fijó el objetivo de darle un correctivo a Villares en la asamblea que se celebrará el sábado.

El problema es que ellos tienen contradicciones tan grandes como las del juez y MLR, quienes conforman el ala nacionalista, aunque, cuando les dieron lo que querían, también pactaron con Gómez-Reino y Yolanda Díaz, los amigos gallegos de Iglesias, que representan la parte más vinculada al poder central de Podemos. Pero a ellos tendrían que unirse ahora los ‘mestizos’ de la Anova oficial para ir contra sus en teoría hermanos nacionalistas de Villares. Nada parece imposible en este mundo disparatado, pero les está resultando difícil, de manera que cunde el desánimo, lo que puede permitir al juez mantener la precaria posición que ganó en abril. En Marea se ahoga ella sola.


El pasmoso escándalo de la lentitud del Tribunal Constitucional

La sentencia del parricidio de Moraña es firme, tras dictarse en la sala, con la conformidad del asesino de sus hijas, David Oubel, el primer condenado a prisión permanente revisable. Pero en realidad no lo es, porque toda la oposición recurrió esta muy cuestionable ley ante el Constitucional, que, como siempre, puede tardar hasta incluso 2020 en fallar, sin que haya apenas escándalo.



Feijóo admite que choca con Rajoy, por "argumentos"

VILLARES tiene ya suficientes problemas en casa para que triunfe su ahora agresiva línea contra Feijóo, tirando de las fotos con Marcial Dorado que él mismo no quiso usar cuando podía ser más procedente utilizarlas, en el debate electoral de la TVG. La posición del sagaz Leiceaga en el PSdeG es tan débil como fuera de la realidad se encuentra su intento de practicar una oposición constructiva contra el castigador Feijóo, que solo pacta con el enemigo que ice la bandera blanca. La única que encontró desde el principio el tono adecuado fue Ana Pontón, la líder del BNG, que es también la única que carece de un cuestionamiento interno, aunque otra cosa es que sea realmente ella la que mande en el Bloque. Sufre además el problema de la pequeñez de su grupo parlamentario como se comprobó cuando quedó claro que, pese a ser la exitosa promotora de toda la campaña para la transferencia de la AP-9, era precisamente la única portavoz que no podría ir al Congreso a defenderla si ello fuese posible, porque tiene menos de la mitad de los escaños con los que cuentan En Marea y el PSOE.

Así que, salvo los destellos puntuales de Pontón, el cargo de jefe de la oposición a Feijóo está vacante, como ya es tradicional. Hubo momentos en el pasado que, para mayor gloria del presidente de la Xunta, esa función la acabó ocupando Abel Caballero, pero éste ha quedado definitivamente desactivado a escala autonómica tras sus reiterados fracasos internos en el PSdeG y en el PSOE. Bastante trabajo tiene ya con centrarse en impedir a toda costa que su sobrino díscolo Gonzalito, como él le llama, llegue a liderar el socialismo gallego, algo que no parece probable, pero que para el caudillo vigués supondría el infierno.

En este contexto es en el que periodística e hiperbólicamente se puede decir que por momentos Mariano Rajoy aparece como el jefe de la oposición a Feijóo desde que el año pasado éste ganó las autonómicas y propició el desbloqueo que había en el Congreso. Fue la gloria gallega y la desgracia madrileña para el de Os Peares, como quedó claro cuando Rajoy vino a la toma de posesión de Feijóo a hablar de sí mismo y decirle a su compañero que se quede en Galicia, o cuando en el congreso del PP español no le tributaron el debido homenaje y lo pusieron al nivel de los muy segundones otros líderes territoriales, no vaya a ser que algún día el otro gallego desembarque en la calle Génova y la Moncloa, y acabe con la burbuja de poder de los Marotos, Cospedales, Casados, Levys, Sorayas, Maíllos o del propio Mariano. 

Los seis días que Feijóo tardó en pronunciarse sobre el último desaire de sus compañeros de Madrid dicen muchas cosas. El desplante no consistió tanto en el segundo veto del Gobierno para que la transferencia de la AP-9 se debata en el Congreso, como en el hecho de que en la Xunta se enterasen por la prensa del informe del Ministerio de Fomento, que aplica el Mariano Rajoy. Principio, que ya regía en los tiempos de Zapatero, de que el Estado autonómico está cerrado a cal y canto y ya no se traspasa a las comunidades nada importante. «Esto no es un choque de fuerzas sino de argumentos entre los gobiernos democráticos de Galicia y de España». Así, con Puigdemont de escudo, reconoció Feijóo su colisión con Rajoy.

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